ALOCUCIÓN DEL PRIMER MINISTRO SUECO OLOF PALME EL 14 DE NOVIEMBRE DE 1985 CON MOTIVO DE RECIBIR EN BADALONA EL PREMIO DE LA PAZ DE LA ASOCIACIÓN DE AMIGOS DE LAS NACIONES UNIDAS EN ESPAÑA
Estimados oyentes:
Representa un gran honor para mí que se me haya otorgado el Premio de la Paz de la Asociación de Amigos de las Naciones Unidas en España, y deseo darles mi más sincero agradecimiento por esta atención que han tenido conmigo. Para mí representa un honor especial recibir el galardón en este año en el que se cumple el XL aniversario de las Naciones Unidas, junto a personas de un país democrático como España, que participan en la fe que yo y Suecia tenemos en las Naciones Unidas y en la colaboración internacional.
Permítanme que comunique un mensaje del pueblo de Suecia a todos los que se han reunido aquí: Nosotros tenemos fe en las Naciones Unidas y nos adherimos a dicha organización. Somos todos conscientes de los problemas con que ha tenido que enfrentarse la organización y durante su existencia se han registrado tanto fracasos como éxitos. Pero la experiencia de 40 años no ha debilitado en absoluto nuestra confianza en las finalidades y principios contenidos en la Carta. Y, lo que todavía es más importante, al ver el estado actual del mundo, estamos ahora más convencidos que nunca de que las Naciones Unidas se encuentran solamente en el principio de su historia.
Sería erróneo culpar a las Naciones Unidas de los problemas que en realidad no son otra cosa que un reflejo de nuestras deficiencias. No han sido las Naciones Unidas las que no han llegado al nivel de nuestras esperanzas. Sino que son los estados los que no han alcanzado el ideal de las Naciones Unidas. Solamente mediante una mejora en nosotros mismos y en nuestra política podremos mejorar el balance de las Naciones Unidas.
La existencia de las Naciones Unidas ha sido contemporánea a la de la bomba atómica. Durante 40 años ha sido nuestro destino común tener que vivir bajo la amenaza de las armas nucleares, corriendo el riesgo de exterminio total de todo tipo de vida civilizada en nuestro planeta.
No existe otra misión más urgente que tratar de reducir y finalmente eliminar este riesgo. Las negociaciones nos han dado ciertos resultados concretos, pero vista desde un aspecto global, la carrera de armamentos nucleares continúa sin freno. Son los propios países nucleares sobre los que recae la responsabilidad principal de detener e invertir este siniestro proceso. Sin embargo, durante los 40 años de existencia de esta organización cada nación y cada ser humano, casi sin darse cuenta, ha perdido el control definitivo de su propia vida y de su propia muerte.
Dentro de unos días, se reunirán en Ginebra el Presidente Reagan y el Secretario General Gorbachov.
Las dos superpotencias controlan recursos mucho más inmensos que ninguna otra nación haya tenido en toda nuestra historia. Disponen de recursos tecnológicos que no dan lugar a comparación alguna. Pero sobre todo: nos pueden matar a todos, su poder militar puede exterminar la humanidad de la superficie terrestre.
Pero esto no es una cuestión que incumbe únicamente a ellos. Incumbe a todos los estados. Nuestra civilización común pertenece a todas las naciones y a todos los pueblos. Pertenece también tanto a la generación actual como a las generaciones venideras. Por tal razón es completamente inaceptable que el futuro de esta civilización esté en manos de solamente uno, dos o cinco estados nucleares.
Los estados sin armas nucleares representan una clara mayoría en el mundo. Los cinco estados que poseen armas atómicas cuentas con una población de aproximadamente 1.500 millones de habitantes. Nosotros, los demás, contamos con el doble de esta población. Y deseamos mantener nuestra independencia, queremos conservar nuestras identidades nacionales, y salvaguardar nuestra autodeterminación. Y finalmente, sobre todo: deseamos sobrevivir.
El Presidente argentino alfonsín ha dicho que se trata de nuestro derecho a a la vida. Por tal razón nosotros, los que no poseemos armas nucleares tenemos también que participar en las decisiones. Debemos tener el derecho de exigir que no se empleen nunca las armas atómicas, que la carrera de armas nucleares cese, y que se inicie un verdadero proceso de desarme.
Por tal razón, yo he exigido, junto con los representantes de otros cinco países, en la llamada iniciativa de cinco continentes, un cese en la carrera de armas nucleares. Hemos pedido a los Estados Unidos y a la Unión Soviética que cesen totalmente en el desarrollo, prueba, producción y despliegue de portadores de armas nucleares, y también de armas espaciales. En un mensaje a Reagan y Gorbachov con motivo del 40 aniversario de la fundación de las Naciones Unidas hemos pedido que ambas partes cesen en sus pruebas de armas atómicas durante un período de doce meses. También hemos declarado que estamos dispuestos a contribuir en la verificación de su cumplimiento.
Debemos ser realistas. Solamente el hecho de que tenga lugar la reunión entre el Presidente Reagan y el Secretario General Gorbachov no puede solucionar una situación políticamente estancada. Un clima internacional tenso que ha durado varios años, no puede mejorar de la noche al día. Para disipar la desconfianza y crear la distensión hace falta una labor resuelta y tenaz que requerirá su tiempo. Sin embargo será importante observar cuáles son las señales que parten de la reunión cumbre y cuál es la orientación que sigue como consecuencia de ella.
Ante dicha reunión cumbre, tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética han presentado sus posturas de negociación sobre la limitación de las armas estratégicas. Como es natural, esta cuestión ocupa un lugar predominante en la agenda. Dichas posturas difieren considerablemente entre ambas partes. No obstante, resulta posible detectar acercamientos en algunos puntos centrales. Por tal razón, las propuestas presentadas sobre la reducción de los arsenales existentes, deberían poder constituir el punto de partida para lograr acuerdos que conduzcan a una situación internacional mejor y más segura.
Es por esto, a pesar de los fracasos anteriores, que el mundo dirige sus miradas de esperanza a la reunión cumbre de Ginebra con el anhelo de encontrar un liderazgo que conduzca hacia la paz.
Pues bien, estimados oyentes y amigos:
La misión principal de las Naciones Unidas es el establecimiento de la paz y de la seguridad internacional. La paz es algo más que la ausencia de la violencia militar. Significa también estabilidad en las relaciones entre los estados, basada en un respeto por los principios legales.
El cumplimiento con las leyes del derecho internacional es de importancia vital para las relaciones pacíficas entre las naciones. Esto es algo que se siente de una manera más profunda en los pequeños países. Cuando se viola la integridad y la independencia de un país pequeño, esto despierta el enfurecimiento y la inquietud de los ciudadanos de otros estados pequeños.
La Carta de las Naciones Unidas otorga a un estado miembro el derecho de autodefensa en caso de haber sido víctima de un ataque armado. Esta regla ha sido desfigurada muchas veces para justificar todo tipo de acciones militares. Si continuamos por este camino, la prohibición de la violencia, que es fundamental para el sistema de las Naciones Unidas, se convertirá en una farsa y la ley de la jungla adquirirá un estado de legitimidad.
Se puede simpatizar con los motivos que han constituido la causa de algunas de estas acciones. Pueden servir a los intereses nacionales de seguridad, tal como son interpretados por los distintos estados. Pueden también ser la causa de la provocación por parte de otros estados. Y hasta incluso pueden obtener una aprobación popular entre los ciudadanos y electores del país en cuestión.
Sin embargo, todo ello no puede apartarnos del hecho que estas acciones representan el incumplimiento de las reglas del derecho internacional y que de una u otra manera violan la soberanidad y la integridad territorial de otros estados. Antes estas situaciones tenemos la obligación de reaccionar y protestar, no solamente en interés de la paz mundial y del derecho internacional, sino también por nuestro propio interés.
Son las naciones pequeñas y medianas del mundo las que tienen un interés especial en que se cumpla con lo que está establecido por el derecho internacional. Para defender este derecho tenemos que apoyarnos unos a otros y dar muestras de solidaridad. Una manera de lograr esto puede ser mediante la adhesión a las Naciones Unidas y a su Carta.
Estimados oyentes:
Para muchas personas en todo el mundo, las Naciones Unidas significan algo muy concreto, una parte muy importante de su vida cotidiana.
Puede tratarse de campañas de alfabetización, de asistencia a la siembra, perforación de pozos, ayuda a los niños y a la maternidad o bien campañas de vacunación como las que actualmente han sido propuestas por la UNICEF. Los refugiados de todo el mundo reciben la protección de las actividades a cargo del Alto Comisionado de Refugiados. La población civil de muchos países se ha sentido más segura gracias a la presencia de los cascos azules de las Naciones Unidas. Las mujeres que luchan por la igualdad y la dignidad, han obtenido el estímulo de las negociaciones en las reuniones de la ONU, como por ejemplo en la conferencia de Nairobi celebrada recientemente.
Muchas de las personas que poseen una experiencia directa de este tipo, sobre el significado de las Naciones Unidas, poseen probablemente escasos conocimientos sobre la complejidad de la política de las grandes potencias y sobre como funcionan los distintos órganos de la ONU. Pero sienten de forma instintiva que las Naciones Unidas son un órgano indispensable para su bienestar, y probablemente hasta incluso para su supervivencia. Podemos esperar que con el tiempo puedan formar un grupo de apoyo bien necesitado por las Naciones Unidas, y que su voz será oída, y que puedan pedir la palabra, y también que puedan exigir que la política del poder que se desarrolla por encima de sus cabezas, no ponga en peligro su propia vida.
No obstante, existe ya ahora un grupo que apoya a las Naciones Unidas. Son aquellas personas, y especialmente los miembros de todas las asociaciones de amigos de las Naciones Unidas en el mundo, que tienen fe en la ONU como idea. En épocas de una política cínica basada en el poder, existen tendencias de menosprecio hacia esta idea. Pero sigue y seguirá teniendo una gran fuerza moral, aportada por todas aquellas personas que creen en la colaboración internacional, en una solución pacífica de las desavenencias y en la solidaridad con el prójimo.
La Organización de las Naciones Unidas tiene que tener éxito, éxito en sus esfuerzos por fomentar la paz y el desarme, éxito en la lucha contra el hambre y la miseria. En una palabra, no existe ninguna otra alternativa a la colaboración internacional. Solamente si unimos nuestros esfuerzos podemos esperar la transición de un estado de temor común a un estado de seguridad común.